domingo, diciembre 14, 2008

Mensaje a Luis Alberto



Hola llave. Desde hace hace un año cuando partiste súbitamente sin consultar con nadie he tratado de escribirte. Pero sólo atinaba a humedecer mi teclado. Ahora por fin logro escribirte esta nota pese que no la podré leer. No podría pronunciar en voz alta lo que escasamente puedo escribir.
No entiendo cómo alguien que ama tanto la vida tenga que irse tan rápido.
Tu que llevabas los cálculos aproximados de lo que se le esperaba a todos tus hermanos en su envejecimiento no lograste acercarte al tuyo. Tengo la seguridad de que esto no estaba contemplado en tus cálculos. Querías envejecer, ver crecer a tu hija, y sobretodo estar pendiente de que todos los tuyos envejecieran bien, con dignidad. Sé que en tu cabeza no cabía la posibilidad de ver envejecer a alguien con dificultades. Sobretodo querías estar ahí pendiente por si requerían de tu ayuda.
En nuestra casa tú eras el más enterado de la situación de cada uno de nosotros. Tus extensas llamadas a Celina, a Martha Rosa, a José ya otros, estaban destinadas a enterarte de los pormenores de cada uno de tus hermanos. Gozabas con los éxitos y sufrías con las dificultades de cada uno de nosotros.
No olvido nuestra última conversación en la me formulabas la idea de hacer una especie de bolsa financiera para ayudar a los más necesitados de la casa en momentos de crisis. Propondré que la cooperativa familiar que hemos creado lleve tu nombre en tu memoria.
Tampoco puedo olvidar la escena que viví mientras más de un centenar de periodistas de Bogotá te brindaban un homenaje de despedida. Una joven periodista admiradora tuya y desconocida para mí al darse cuenta que yo era tu hermano Pacho se colgó de mi cuello y lloró prolongadamente sobre mis hombros diciéndome que la semana anterior habías estado muy feliz mostrándole a todos tus colegas las fotos de mi premio SCOPUS 2007. Se aferró a mi cuerpo y a mi alma como queriendo resucitar el tuyo.
Me dijo que estabas inmensamente orgulloso de mi. Sinceramente en ese abrazo me estremecí, sentí como si fueras tú mismo quien se despedía de mi. Todavía tengo pegado intacto ese recuerdo a mi carne y a mi alma.
Vos no te podías ir llave, en este momento de tu vida. Pero ya nada se puede hacer. Tampoco era tu voluntad.
No he podido asimilar la realidad de tu partida. No he podido aceptar que precisamente la ciudad que amabas, admirabas y defendías, te haya pagado de esa manera tus afectos. Bogotá te robó de entre nosotros. Desde entonces se ha convertido en una ciudad gris en el mundo de mis afectos. No puedo visitarla sin que me produzca rabia. Esa insensible ciudad nos ha robado a nuestro hermano del alma.
Nos hemos visto obligados a aprender a vivir sin tu presencia física, carencia que compensamos con la activación de otros recuerdos que te deja intacto entre nosotros. Tu partida ha generado efectos bonitos de familia, compartimos más con AURA y LAURITA y otros miembros de la familia han estrechado sus lazos con nosotros. En ello sentimos tu presencia inmensa entre nosotros.
Si de alto te sirve donde estés te cuento que al partir nos dejaste metidos en un lió que al final se resolvió como tú querías. Decidimos que haríamos lo que tú pensabas y todo salió bien. Cómo se nota que estás pendiente de nosotros. Gracias llavería. Gracias por enseñarme lo que vale un hermano. Ten presente que no te podido perdonar el que hayas ido tan temprano y sin aviso.

Pacho.